Tonino Espeleta en los eriales

10/05/2008
Tonino Espeleta se encontró a José Luis Alcántara a las puertas de una caseta con claveles, a dos metros de una parada de autobús en un camino sin salida; una abuela vestida de riguroso verde los hizo pasar a la antesala de lo que parecía un bazar de la comunicación, donde un montón de furcias, sabias furcias, respondían al teléfono de jóvenes temblorosos sedientos de opiniones, de consejos, de filosofía en definitiva, aquello era un hipermecado de Nietzsche, el sabeco del amor y el consumo, ahora por lo menos muchos saben que es lo mismo, se decían tonino y jose luis, mientras miraban ya por la ventana y veían el erial y la cautivadora armonía de que cualquier cosa podría ocurrir en medio de la nada porque la nada es don quijote de la mancha cuando miras con los ojos del mismísimo satélite KazSat1, desde bien arriba, y aprietas al zoom y observas a las furcias riéndose porque saben que los excavadores rumanos, esos jóvenes rígidos, lejos de sus verdaderas mujeres, ciegos de ira y deseo, esperan en la puerta bajo el sol firme de la huerta zaragozana, tomándose un biofrutas, miles de obreros aguerridos con el corazón herméticamente abierto, tomando millones de biofrutas tropicales, en la cola, con ira y ciegos de ardor y deseo, tratando de que lo cabreante no sobrepase lo anecdótico, mientras que tonino miraba por la ventana y le dicía a jose luis, mira, es ese, míralo bien, ese es el camino, y se reía, joder si se reía...