jueves, 13 de octubre de 2016

Lilith y el broker

        

"El señor Darling solía ufanarse delante de Wendy de que su madre no solamente lo amaba sino que lo respetaba. Era uno de esos hombres que conoce perfectamente la cotización y las    acciones. Por supuesto que, realmente, nadie las conoce, pero él lo aparentaba, y tenía un modo de decir que la cotización subía y que las acciones bajaban, que cualquier mujer le hubiera respetado" J.M.Barrie, Peter Pan



En el corto tiempo en el que el señor Darling subía por el ascensor, yo ya me había arrancado literalmente el vestido. Me gustaba esperarlo así, sin ropa alguna, sólo con las gafas de vista, las de leer, para más inri. Al señor Darling le ponían mis gafas, al igual que mí me volvían loca su americana y sus números. ¡Qué le iba hacer yo, si él era todo matemáticas, estadística, música y los músicos son parte de mi vida!


En el plato, Coleman Hawkins, y mi cuerpo tan fácil al saxofón, totalmente acompasado, derretido, excitado, listo. El señor Darling miraba con admiración desde siempre mi cara, se detenía horas allí. ¡Quién me lo iba a decir a mí que harían tan buena pareja los números y el jazz que sonaba de manera insistente en aquel loft que ocupamos durante cinco meses como amantes furtivos!

¡Que ganas de ser serpiente para ti, Sr Darling! Aguantaba bien el tipo el susodicho. Aceptaba su mote sin rechistar. Tantos años escribiendo novelas a escondidas, para al final ser parte de la mía. Un agente de bolsa ¡quién me lo iba a decir a mí!... a ”fucking” stock broker, el enemigo. Me gustaban sus canas, su pelo corto a mechones apartado de la cara, sus ojos verdes ametralladores y su barba blanca y gris. Podía restregar mi pubis contra ella y sentirme como una rockstar, eso sí, sin quitarme las gafas, ni romper el hechizo.

A veces tensaba un poco más, y él se volvía dócil, manejable, sumiso. Mis únicas armas: mis curvas y los anteojos, daban órdenes a diestro y siniestro. El Sr Darling obedecía sin rechistar y hablaba solamente en monosílabos. Él, el dios de la elocuencia, el jugador perfecto, el del órdago, se dejaba ganar y se dejaba ir, balbuceante de la excitación. Nunca vi un fuego en los ojos así, ojos de deseo incandescente que podía multiplicarse durante horas. Deseo y números, con un buen Jazz de fondo y cinco horas de erección. Eso me basta.

MYRIAM M.

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