viernes, 24 de julio de 2015

MADRID-BARAJAS



Odio madrugar. Odio coger el puente aéreo lleno de ejecutivos neuróticos que se aflojan la corbata a las 8 de la mañana. Hoy es miércoles 31 de agosto y mañana trabajo. Odio el trabajo. Odio no pasar desapercibida entre tanto macho cabrío aunque lo intente. Y es que no hay nada peor que ser treinteañera, pelirroja y estar un poco rellenita. A la mierda todos los nuevos cánones de belleza, un buen culo de una talla 42, más o menos compacto, y una larga melena rizada siguen levantando pasiones.

El calor es insoportable por lo que abro las piernas y espero que una suave brisita de aire me alivie el sudor de la entrepierna. No llevo bragas. No es una superstición, ni una reivindicación nudista, ni mucho menos un modo idílico de morir, como quien dice, sin las bragas puestas. Es una especie de sana costumbre que adquirí tras aquel polvo rápido de lavabo transoceánico en el que Jordi con las prisas me rompió el tanga. La sensación posterior fue estupenda: ese fresquito reparador en el sexo, los ojos fijos durante horas del muchacho en mi falda (como queriendo traspasarla), el segundo polvo del viaje, esta vez con la complicidad del jovencito azafato de turno que se conformó con mirar...

Respiro hondo levemente excitada por el recuerdo de la hermosa polla con forma de cuña de Jordi (¿qué habrá sido de él?) y, sin darme cuenta, clavo mis ojos dilatados en el ejecutivo de enfrente. Mierda. Está sonriéndome. Mierda. Ojo guiñado. Ahora va y saca el machito, seguro. El Financial Times recién comprado que aguanta con las manos le tiembla un poco. Suda. Estira toda su columna como un pavo real. Imbécil. Mete su increíble barriga y abre las piernas apuntando en mi dirección. Subida descarada de cejas. “Gilipollas”, le digo, dedicándole una larguísima mirada de desprecio. Veo nuevas gotitas de sudor en su frente, esta vez causadas por la rabia. Huye. Ya está bien. Tengo treinta y seis años y este capullo ronda los sesenta...

“Aviso a los pasajeros del vuelo 2610 de Iberia con destino a Barcelona, por causa de un problema técnico la nueva hora de embarque  será a las 8.30”.

Vaya asco. Retraso. Abro la mochila y cojo un par de piezas de fruta. Me las como ansiosa y, mientras busco una papelera, soy literalmente arrollada por un muchacho con pinta de alemán que es todo prisas, mochila de montaña y anteojos. “Sorry, sorry”, se disculpa ruborizado. He caído de bruces, con tan mala suerte que mi enorme trasero desnudo ha quedado a la vista de todos y en pompa. El jovencito montañero se ríe disimuladamente y yo lo hago a carcajada limpia. “Vaya tela”, digo yo, mientras me bajo como puedo la falda y cojo la mano que me ofrece para levantarme. “No te preocupes, no es nada”. Le dedico una amplia sonrisa.  El chaval me mira con cara de I don’t understand you, pero observo un brillo sensual en sus ojos que no sabe de idiomas y me es muy familiar.

Diez minutos después estamos metidos en el lavabo. Y que nadie me diga que estás cosas no pasan porque pasan. Bueno, a lo que iba, estamos metidos en un lavabo minúsculo: Joe (así se llama), yo, mi mochila, el portátil, el carrito maleta, su enorme mochila de escalador de la que cuelgan la esterilla, el saco y otro par de botas, el water y las dos papeleras. “Vaya, aquí que no cabemos, sí que hay papeleras”.

Dado que a duras penas entramos los dos de pié, me subo encima de la taza del váter de espaldas a la puerta. De un golpe levanto mi falda, la apoyo sobre los hombros y permito que Joe observe de cerca mis generosas nalgas. Inicio un suave contoneo anti-nervios. Como la visión de la mugre de los azulejos a corta distancia es horrenda, decido cerrar los ojos. Joe está mudo. Espero ansiosa sus manos, pero es su lengua, bastante experta por cierto, a pesar de ser bien jovencito, la que no tarda en llegar.

Echo un rápido vistazo al reloj. Mierda sólo nos quedan quince minutos. Levanto el torso, me doy la vuelta y me pongo de cara a la puerta, de modo que mi cabeza sobresale por encima de ella. Uff, no hay nadie. La cara de Joe está a la altura de mi monte de Venus. Miro de nuevo el reloj, atraigo con fuerza su cabeza hacia mi pubis y le estiro de los cabellos empujando hacia mí. Un ratito después, emito un grito liberador a la vez que alcanzo un orgasmo punzante, breve pero muy intenso.


Me tiemblan las piernas y me muero por un besito, pero no hay tiempo que perder. Sólo tenemos diez minutos. Con las prisas ni siquiera nos hemos rozado los labios. Miro el reloj de nuevo. Bien, todavía nos quedan ocho minutos. Es el turno de Joe. Seguimos en el baño minúsculo, rodeados de maletas y de papeleras, enroscados por la lengua, casi sin respirar, como dos adolescentes... Estamos completamente empapados. Joe sonríe feliz recorriendo con sus manos mi generoso trasero y yo empiezo a padecer los síntomas de mi típica cistitis nerviosa pre-vuelo sin saber qué hacer. Ahh, dos minutos más tarde descubro que por nuevos fallos técnicos han retrasado mi avión otra hora más. El joven montañero todavía tiene los ojos clavados en mi falda y ganas de marcha, yo un calorcillo raro entre las piernas...umm, no sé qué fer...

MYRIAM M.

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