miércoles, 15 de julio de 2015

La Maru, Treintacentímetros y el chat


“¿Cómo he podido yo vivir sin esto?” Se preguntaba Maruja una y otra vez, mientras preparaba un desayuno familiar para 4 personas. “¿Cómo he podido yo vivir sin esto?”. En el chat, tan discreto como siempre, Treintacentímetros. Así, con ese nickname tan romántico, que fue el primero que le robó a Maru el corazón en los mundos de Facebook.

Mientras, en la habitación se vestía su Paco. Ay Paco, si él supiera lo que se estaba perdiendo. Ella callaba y disimulaba todo el día, y Paco, no preguntaba. Paco estaba feliz de haber pasado del polvo dominguero semanal a una Maru extrañamente poseída por la pasión. A él, ya le iba bien.

Treintacentímetros empezaba fuerte. “Linda, todavía en la cama, pensando en ti. Estoy enorme, ¿qué llevas puesto?...” Y ella, toda mona y toda bata. Ella, todavía con la cara sin lavar y sin desayunar, respondía: “Desnuda mi amor, desnuda” Y después venga al emoticono, mientras removía el cola-cao de los niños con una fuerza que ni la batidora oye.

Treintacentímetros seguía directísimo: “Estoy caliente. Caliente por ti nena. Ojalá pudiera verte ahora, comerte entera, besarte las tetas. Quiero verlas. Manda foto”.

“Ay Maruja dónde te metes”  pensaba la Maru, mientras daba prisa a los niños que iban a llegar tarde al instituto. La Maru, a sus cuarenta y tantos largos, tenía una carpeta con una selección de fotos de sus tetas, llamada estratégicamente: “Recetas de cupcake”. Oye, con filtro y todo que eran las fotos, artísticas, que para eso estaban los niños, para bajarle las apps del móvil. Y ella, dale que te pego, probando filtros y al final unas fotos de película, unas tetas estupendas o un trozo de culo, o una boca… porque lo otro no, lo otro era sólo de su Paco todavía. Eso sí, sin cara, que no era una tonta como las adolescentes, sin cara por dios.

Y por fin la casa vacía, y ella y Treintacentímetros solos, probando posturas imposibles. Sincronizados en su kamasutra particular de porno chat casero. Tan conectados y a tal velocidad, desde que Maruja había convencido a Paco para cambiarse a la fibra óptica, que la cosa parecía real.

Se acercaba el momento, la Maru lo sabía. A medida que subía la temperatura,  Treintacentímetros se emocionaba y, macho como era, haciendo honor a su nombre, empezaba con la encuesta. “Nena, está gigante, más grande que nunca… ¿Te gustaría verla? ¿Quieres verla? ¿Quieres verla?...” Y la Maru alargando todo lo que podía lo que ella llamaba: “el momento fotopolla”, venga a darle al emoticono por no decir que no, que no hacía falta, que todavía tenía la imaginación… Pero allí estaba, sin filtros, sin arte, tal cual, el primer plano fotopolla cada día, que iba directo al delete.

Una vez borrada la foto, a Maruja le subía un calorcillo imparable, y rápidamente llegaban al orgasmo simultáneo. En esto eran unos expertos casi desde el primer día… y ahí sí que ya no era la Maru, ahí era una hembra liberada y salvaje, una perra en celo aullando delante del ordenador, feliz, realizada, sumamente feliz.

Veinte minutos después, ducha incluida, salía a hacer la compra como cualquier hija de vecina, con su carro Rolser fucsia de 4 ruedas última generación. Y se sentía tan contenta, tan viva, tan bien follada, que se le notaba en la cara.


Mientras tanto, Juanita, la pescatera, al corriente de todo, envidiosa y cotilla como nadie, le preguntaba con disimulo al tiempo que le limpiaba los calamares… "¿Qué tal Maruja? Vaya cara que te traes lindura, ya veo que sigues con el porno chat".

Myriam M.

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